Prólogo: Contra Estados Unidos

Por John Gibler

El escritor estadounidense, autor de México Rebelde (Debate) y Tzompaxtle. La fuga de un guerrillero (Tusquets) escribió este prólogo al más reciente libro de Diego Osorno, titulado Contra Estados Unidos. Crónicas desamparadas (Editorial Almadía), en el cual se relata la forma en que un centenar de víctimas de la guerra del narco cruzaron durante un mes el vecino país de Los Ángeles a Washington, lideradas por Javier Sicilia.


La llamada “guerra contra las drogas” en los Estados Unidos fue diseñada y desarrollada durante la administración de Richard Nixon para, entre otras cosas, oprimir y controlar las comunidades afro-americanas en ese país. H.R. Haldeman, jefe del estado mayor de Nixon, escribió que el entonces presidente de los Estados Unidos, “enfatizó que tienes que enfrentar el hecho de que todo el problema realmente son los negros (sic). La clave es diseñar un sistema que reconoce esto sin aparentarlo.”

La primera acción anti-narcótica llevada acabo por Nixon —dos años antes de la declaración oficial de “guerra” en 1971— fue cerrar la frontera con México y así obligar a la administración de Gustavo Díaz Ordaz a cumplir con los mandatos estadounidenses respecto al combate de la producción de marihuana y amapola en México.

Desde sus raíces, la “guerra contra las drogas” une el colonialismo interno —tomando prestado el concepto trabajado por Pablo González Casanova respecto al Estado mexicano— y el imperialismo transnacional del gobierno estadounidense.

Consideremos: se quiere diseñar un sistema que oprime a las comunidades afroamericanas sin evidenciar la lógica de su diseño en sus acciones. Entonces, ¿qué se puede hacer? Chingar a México, cerrando la frontera y humillando el gobierno del estado vecino.

México fue el primer estado en sufrir las ambiciones imperiales de los Estados Unidos en 1846-1848. Muchas naciones indígenas habían sufrido esa ambición, ni hablar de los casi 4 millones de esclavos africanos y sus comunidades de origen. Y México fue el primer estado de sufrir las ambiciones neo-imperiales semi-ocultas en la “guerra contra las drogas.” Pero, no fue “México” exactamente quienha sufrido esa guerra —a varios generales y comandantes de la guerra les ha ido a veces escandalosamente bien— sino, en su gran mayoría, ha sido la gente de abajo, la gente sencilla, la gente trabajadora quienes la han sufrido.

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A los cuarenta años de la supuesta “guerra”, las drogas ahora se venden y se consumen a mayor escala que cuando empezó. Mucho mayor. Un refrán constante de quienes critican la “guerra contra las drogas” es que ha sido un fracaso rotundo. Yo también lo he dicho. Pero ahora no lo sé. La hipótesis del fracaso no me convence. Creo, en cambio, que la guerra ha sido todo un éxito. La paradoja aparece de esta forma: mientras los gobiernos de los Estados Unidos y sus aliados aumentan sus combates y acciones de guerra, más se multiplican los blancos de la misma. ¿Qué pasa, entonces, si invertimos la lógica de la guerra? Supongamos, por el momento, que la guerra no persigue la victoria, es decir, parar o eliminar la producción y el consumo de un par de químicos y yerbas. Supongamos que la guerra persigue el fracaso, es decir, que el fin de la guerra sea sostenerse a si misma de manera constante.

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Los arquitectos de la guerra la presentan y la defienden como un esfuerzo de desarticular y destrozar varios elementos de un mercado: la producción, el traslado, la distribución, la venta, y el consumo de las drogas ilegales. Pero la guerra en síes un mercado también: de presupuestos, salarios, armamento, y, sobre todo, capital político.

El narco y la guerra contra el narco: los dos son mercados y obedecen las leyes del mercado, no las del código penal. Estos dos mercados no están enfrentados en un combate: están unidos inseparablemente, son como gemelos unidos desde el nacimiento que comparten los órganos vitales: matas a uno, matas al otro; alimentas a uno, alimentas al otro. Mientras más se alimenta la “guerra contra las drogas” más se alimenta el negocio de las drogas.

Uno de los órganos vitales que comparten los dos mercados es la ilegalidad de la mercancía, de la droga. La ilegalidad da estructura a los dos mercados, es el lugar en donde los dos se unen. La ilegalidad de la droga —que se produce, envía, distribuye, vende, y consume a nivel global— requiere la invisibilidad oficial del mercado. Se tiene que “esconder” la producción, el envío, etcétera. ¿Se puede imaginar que se esconda —en plena época de satélites y el GPS— la producción mundial de las naranjas? ¿O la distribución global de los cigarrillos? Pues, no. ¿Por qué entonces tragarnos la idea de que nadie sabe donde se siembra y por donde se traslada la marihuana, la coca, y la amapola? O, dicho de otra manera, ¿quién puede encargarse de producir la invisibilidad oficial en el mercado de las drogas? Los encargados de vigilar el mercado, es decir, los agentes del estado.

El mercado de “la guerra contra las drogas”, en cambio, tiene como mercancía central los arrestos. La producción constante de arrestos es fundamental para el capital político que tanto anhela el estado. ¿Cómo entender el arresto del Chapo? La figura simbólica del Chapo se volvió más lucrativa para los dos mercados como un “enemigo arrestado” que como el “mito del gran capo fugitivo”.

La producción de arrestos requiere de información. ¿Quién puede garantizar buenos arrestos? Los productores, traficantes, y vendedores de la droga. Dicho de otra manera: los narcotraficantes trabajan para los generales de “la guerra contra las drogas” igual que los generales trabajan para los narcotraficantes: dos mercados como gemelos unidos.

Tanto el estado como los empresarios mayores del narcotráfico se benefician de la mitología que busca esconder la estructura de los dos mercados. Es decir, en lugar de analizar los dos mercados como gemelos unidos, se habla de capos, carteles, y la corrupción. La figura del forajido tanto como la del policía o del político corrupto sirven para enfatizar la supuesta separación entre el estado y el narcotráfico, y así salvaguardar la percepción de legitimidad del estado, tanto en los Estados Unidos como en México o cualquier otro país.

Los dos mercados unidos, la “guerra” y el “narco” tienen otro producto en común: la muerte. El asesinato —la muerte súbita— y el encarcelamiento —la muerte lenta— son figuras necesarias para los mercados gemelos. El asesinato funciona como la demanda y la propaganda a la vez. El encarcelamiento funciona, entre otras cosas, como una especie de escuela técnica para formar empleados y microempresarios y así garantizar un ciclo perpetuo de personas que se pueden arrestar.

Los dos mercados son transnacionales, pero el motor principal, la sede de poder financiero y político del mercado de la guerra contra las drogas se ubica en los Estados Unidos. El motor principal también del mercado del consumo de las drogas ilegales se ubica en los Estados Unidos. Cuando ese motor trabaja a todo lo que da, los mercados menores también crecen y se benefician.

En este momento —el verano del 2014— aunque la muerte y el dolor racistas de esta guerra atacan sin descanso en los Estados Unidos, el motor principal de la producción de la muerte se encuentra en México.

La frontera entre los Estados Unidos y México no es una línea divisoria, es una línea que despacha valor, desprecio y muerte: el valor de la droga y el desprecio y la muerte de la gente.

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Entre el 12 de agosto y el 12 septiembre del 2012, 140 personas —en su gran mayoría sobrevivientes de y familiares de personas asesinadas o desaparecidas en la llamada “guerra contra el narcotráfico” en México— viajaron más de 11 mil kilómetros por 14 estados, haciendo paradas en 27 ciudades de los Estados Unidos. El objetivo del viaje: gritar su dolor frente a los arquitectos de la “guerra contra las drogas” y construir lazos con organizaciones de sobrevivientes y familiares de personas asesinadas o desaparecidas en esta guerra en los Estados Unidos. Su objetivo: parar la guerra.

Diego Enrique Osorno los acompañó en todo el viaje, con libreta y pluma en mano, escribiendo una crónica diaria para compartir en México algunos señales de vida desde el viaje del dolor por los caminos del país diseñador de ese particular llanto que recorre México sin piedad. Aquí encontramos las crónicas de este viaje, las voces, los caminos, los encuentros y los desencuentros, las esperanzas y las desesperanzas.

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En este libro también encontramos frases que jamás se deberían de haber escrito. Digo, frases que señalan hechos que jamás deberían de haber ocurrido. ¿Qué hacer frente a una frase que dice: “Al único que le desaparecieron una familia completa es a Carlos Castro”?

Dolor sin medida.

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Y en este libro encontramos breves retratos de personas que viajaron en la caravana y personas que recibieron a la caravana. Estos retratos, como las crónicas que los contienen, son también marchas y caminos y gritos y rabia contra la muerte y el dolor de esta guerra. A través de la mirada y la escucha de Osorno, aquí nos encontramos brevemente en el camino con personas como William Slemaker:

Descubriría por su cuenta que tras el concierto de Pepe Aguilar, tanto su hija, como su amiga, quienes viajaban a bordo de un Mitsubishi color perla con placas texanas, habían sido interceptadas por policías municipales de Nuevo Laredo. Luego, estos las habrían llevado con altos mandos de Los Zetas. “Se las dieron a ellos, como si fueran un regalo”, cuenta Slemaker, mientras en la plaza San Pedro, todo se va acomodando para que inicie esta mañana el evento de bienvenida a la Caravana por la Paz que recorre Estados Unidos. “Es cierto lo que dijo el poeta Javier Sicilia: si Juárez es el epicentro del dolor, Tamaulipas es la tierra del horror”.

Como Rosa Elena Pérez:

Cuando salió de la morgue, una funcionaria se acercó a comentarle que en Reynosa se decía que el fin de semana habían secuestrado a más de cien muchachas, porque una de las bandas de la guerra tenía un pedido grande de entrega de chicas para un tratante de mujeres.

Como Daniel Vega:

“Este domingo voy a cumplir un año de que me vine a Estados Unidos con mi familia. La última vez que estuve allá, un día llegaron un grupo de hombres armados a mi casa. Nos tiraron al piso a todos y empezaron a preguntarse a quién se llevarían: si a mi mamá o a mi tía. Al final se llevaron a mi tía. Desde entonces no sabemos nada de ella. No hemos encontrado su cuerpo. No la podemos enterrar. Para ellos, los malos, la vida y todo es un juego, pero para nosotros no”, dijo en el salón de la NAACP, ante más de doscientas personas que escucharon también otros testimonios de víctimas de la guerra del narco en México. 

Y como Juan Carlos y Rafael Herrera:

Viajaron a Poza Rica y se hicieron pasar como compradores de droga. Empezaron a infiltrar con lentitud el mundo subterráneo y bastante compartimentado de Los Zetas, hasta que hicieron camaradería con un mando de la banda de la última letra, a quien le confesaron cuál era su verdadero motivo. El hombre se apiadó de ellos. Juan Carlos fue amarrado, vendado de los ojos y luego llevado hasta algún lugar cerca de Poza Rica, donde lo recibió el más alto mando de los Zetas en la zona. “Le dije ‘somos gente de paz, quiero buscar a mis hermanos. No tenemos todo el dinero del mundo, pero sí estoy en la disposición de darles todo lo que tenemos’. El hombre que estaba ahí me dijo ‘No tengo a tus puercos. Y si los tuviera te los daría por tu dinero. No te mato porque éste que te trajo aquí me lo pidió, si no estarías muerto’.”

En todos estos retratos notamos algo en común: quienes hacen la búsqueda por sus seres queridos son los propios familiares. Ni los “narcos” ni las “autoridades” les apoyan en nada. En eso también están unidos los dos mercados, en la impunidad.

*

La Caravana por la Paz. Así nombraron a su viaje. Era eso, es eso, lo que buscaban, lo que buscan. La paz. Pero no la “paz imperial,” como describe Javier Sicilia —padre de Juan Francisco, poeta y el principal promotor de la caravana— en su larga entrevista con Diego Osorno:

Hay un ensayo de Iván Ilich genial sobre la palabra paz. El problema de la palabra paz es que es otra palabra amiba y viene del mundo romano: Pax. Es una paz imperial. Hay muchas formas de nombrar la paz. Contrasta muy bien por ejemplo cuando el judío decía “Shalom” que es la paz y el ciudadano romano decía “pax”. Cuando decía la pax el romano, volteaba hacia el imperio, veía los estandartes imperiales, no es lo mismo cuando decía Shalom el patriarca, el patriarca alzaba los ojos al cielo y pedía la bendición del altísimo para proteger el pequeño rebaño de Israel. Entonces el problema de la paz es que no se ha encontrado. Lo que vivimos ahorita es la paz económica, que es una paz violenta porque es la del despojo, la que alimenta a final de cuentas la guerra, la paz de las grandes trasnacionales, la paz del arrasamiento de la tierra, la paz económica que tiene una resonancia más con la paz imperial.

Esa distinción que nos ofrece Javier Sicilia entre una paz imperial, una paz económica del despojo y la paz que no se ha encontrado, es urgente. Pero tal vez no haga falta ni Pax ni Shalom para buscar esa paz perdida en México. Por ejemplo, estábats´i kuxlejal, una paz que no ve ni al imperio ni al patriarca. Es una paz que mira a la vida.

Las crónicas de Diego Osorno aquí reunidas nos comparten varios tramos de esa búsqueda, y ese compartir es en sí un disparo de aliento contra la guerra, un disparo de dolor e indignación contra los arquitectos de la guerra, contra los Estados Unidos. Ese compartir, el trabajo del cronista comprometido, es también un abrazo vivo contra el olvido.

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